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Entrevistas, Textos

Mario Bellatin, perruno y enfermo de varios males

Cartón Piedra/El Telégrafo

6 Febrero, 2017
Escrito por Paula Mónaco Felipe
Fotografías de Miguel Tovar
Publicado en Edición Nº 275

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Es un hombre que escribe sin parar, capaz de publicar tres libros en un año. Fabrica mundos perturbadores como un salón de belleza que se transforma en moridero de seres sin aliento; crea personajes oscuros como un hombre que quiere comerse a sí mismo y, mientras lo intenta, se alimenta con sushi de rata.

No hay una temática ni estilo idéntico en sus textos, que mezclan ficción con datos reales sin revelar jamás dónde está lo cierto. Antítesis de la moderación, Mario Bellatin es un radical que empuja los límites en cuanto frente encuentra.

Lleva varios años en la primera fila de la vanguardia de las letras hispanas y ahora también en el catálogo del agente más poderoso del mundo. Los críticos lo consideran autor de culto e inclasificable; en eventos y entrevistas le llaman «maestro». Ríe mucho y parece disfrutar de su fama de niño terrible.

Intimida con su aspecto —es un hombre sin cabello que usa túnicas y un garfio por brazo— pero más todavía con su inteligencia. Se adelanta a las preguntas, no da margen al sinsentido, es intransigente a las tonterías.

Un ser informado que usa redes sociales para difundir noticias. Un hombre que no puede vivir sin perros.

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1. Enfermedad de escribir
Estuve enfermo de escritura, eso me pasó entre Perú y Cuba (1990-1994). Hacía una novela que se llamó Efecto invernadero. Tenía dos mil páginas escritas a máquina ¡y yo pensaba que todavía me faltaban otras dos mil más! Escribía como loco en esta máquina, una Underwood del año 1915 que le robé a mi abuelo. Es el objeto más antiguo de toda mi vida aunque nunca la cuidé.

La máquina de escribir expandía: el primo tenía un primo que tenía una tienda que vendía… no acababa nunca. Era genial porque la gente decía «¡mira este cómo trabaja!». Cuando pasé a la computadora hubo un cambio que no prosperó: me quedé callado muy rápido; era como pasar de un camino rural a una carretera donde no ves nada.

¿Te interesa que otros lean lo que escribes?

No. Va a ser la consigna a partir de mi próximo libro: «No quiero que me lean». ¡Es verdad, es verdad! Mi primera consigna fue «No quiero que me crean», porque estoy construyendo un mundo que se sostiene en sí mismo, no quiero que me crean. Ahora no quiero que me lean, no estoy buscando lectores, me interesan en la medida en que me permitan seguir escribiendo.

¿Te da igual quién te lea o prefieres a algún tipo de lector?

Me interesa un lector ficticio con el cual me peleo todo el tiempo, no sé cómo se llame, pero tiene que ver con la esquizofrenia: tengo que pensar en la mayor cantidad de lectores posibles; «van a pensar esto» y en la siguiente línea salirles al paso. Lo peor que le puede pasar a un escritor es que el lector vaya delante.

Es decir más que el lector te interesa lo que tú haces.

Gracias por hacerme un resumen: Mario estás hablando de ego. Todo esto que me has contado por veinte horas se llama ego, mano.

¡Ya! Pero en esa manera de trabajar centrada en lo tuyo, ¿qué te interesa, lo que estás contando o la manera en la cual lo narras?

La manera.

¿Más estética que contenido?

Sí, pero hay trampa en tu pregunta. Si alguien lee eso caemos en lo binario forma/contenido. A mí me interesa la forma de enfrentarme a una nada para que esa nada tenga sentido; ahí prevalece la forma, pero no es una disyuntiva forma/fondo por que no se pueden separar. Es como el mar: viene la ola y trae arena, plancton, de todo. Tengo escritomanía o como le quieras decir: puedo estar veintiocho horas seguidas escribiendo y luego desescribir porque yo me siento escritor cuando desescribo [dice que tachonea lo malo en el original y luego a la editorial le manda precisamente eso, lo descartado]. Además, ahora con el teléfono soy hombre-escritura: si espero al médico y me dicen trae horas de retraso yo bien alegre les respondo «muy bien» y me pongo a escribir en el consultorio.

Compulsivo.

Siempre lo he sido. En una época fue enfermedad y tuve que ir a terapias porque mi realidad se caía a pedazos. Por ejemplo, tenía problemas con el dinero: rechazaba el trabajo que me ofrecieran si me querían pagar. Recuerdo una vez que salí en una revista y no podía comprarla. No tenía ni para pagar un pesero (autobús urbano), vivía en la miseria absoluta. Ahí dije «esto no está bien».

¿Cuáles son tus obsesiones?

Que se mueva, que haya movimiento constante, porque lo terrible que le puede ocurrir a cualquier literatura —y le ocurre todo el tiempo a la latinoamericana— es que se estanque. Hay una obsesión en mis libros: lograr que quede clarísima la diferencia entre estilo y fórmula. ¿Cuántos autores tenemos que agarraron la fórmula y luego empezaron a repetirla, a hacer libros tétricos? Es necesario discernir estilo y receta, como (Juan Carlos) Onetti que desde el primero al último libro hizo el mismo pero nunca se repite, cada vez da una vuelta de tuerca más. Yo sigo la quimera de encontrar una forma única de las cosas y no porque sea más inteligente, sino porque cada quien es diferente. Lo ideal sería que alguien leyera una página mía y supiera que soy yo.

Por mis propias limitaciones, me pasa que muchas veces no entiendo tus libros.

Qué bueno que pienses eso.

¿Te gusta que no te entiendan?

Claro. Y me gusta que digas que es por tus limitaciones y no me eches la culpa a mí.

Ya dime, ¿buscas a un lector muy culto?

No, a un lector infantil porque tengo una lógica infantilísima, lo único que sacrifico es el «había una vez». Escribí mi primer libro a los diez años, era sobre perros y fue razón de burla en mi casa. Ahí me quedé, en la escritura de un niño de diez años que se pregunta «¿por qué?», luego otra vez «¿por qué?» y eso lleva a puntos muy irreales. Lo que pasa es que no cuento como quieren que cuente. Hago libros muy radicales, tienes que soltar tus prejuicios si quieres entenderme.

¿Por qué empezaste a escribir?

Porque me volvía importante. Lo que recuerdo de los diez años es la magia de ser un pobre diablo que no tenía voz y al momento de ver sus palabras escritas a máquina se volvía importante.

¿Por qué seguiste, por qué te dedicaste a esto?

No lo decidí. Suena romántico, «nooo lo decidíííí, me decidió» [canta y ríe]. Escribía y empecé a hacerme un mundo aparte. No me podía ir de Perú sin una carrera universitaria porque tenía cierto sentido de realidad, el famoso estudias y trabajas de la sociedad peruana. Decía «debo tener una carrera» (y así hizo dos años de filosofía y psicología, luego ciencias de la comunicación). No quería ser profesor ni filósofo, pero me interesaba escuchar y recibir lo que podía aportar a mi escritura que fue grandísimo, por ejemplo los sistemas presocráticos. Estudiaba de mentira, yo escribía. Publiqué entonces un libro en el cual hice todo al revés: inventé un autor sin que existiera.

Mujeres de sal, que se editó en 1986, ¿cómo fue?

Hice unas tarjetitas con letras doradas en relieve que decían «Gran escritor va a publicar, le damos la posibilidad de financiar su obra». Torturaba a mis amigos, anotaba sus direcciones en mi libretita, iba casa por casa en mi bicicleta y en dos semanas de trabajar como en trance logré vender 700 u 800 tarjetas. Fui al impresor, cobré mis derechos de autor ¡y no había escritor! Después pasé a decirles que podían cambiar su cupón por el libro, como en promoción de detergente, y la gente ya ni se acordaba, creían que había sido mentira o me confesaban «te di el dinero para sacarte de encima». De repente tenía una presentación llena de gente, entrevistas, y cuando hice el segundo libro los editores me empezaron a buscar a mí. El juego siempre fue al revés.

Pasaron treinta años desde ese libro.

¡Qué horror!

¿Qué opinas de tus libros, de lo que has hecho?

Opino que he tenido mucha suerte porque he logrado seguir escribiendo, hacer que la escritura genere más escritura, que es lo único que me importa.

Si escribías dos mil páginas cada vez, ¿por qué tus libros ahora son tan cortos?

Mis libros no son cortos. Son gigantes pero los voy desescribiendo [lo confirma el borrador de su nueva novela, que está sobre la mesa y tiene cuantas correcciones caben en una hoja]. Ahora estoy trabajando por primera vez con mi editora personal, la señora Guillermina. Trabajó durante treinta años en revistas del corazón, entonces es experta en decir sin decir, en la neutralidad del lenguaje.

Hay escritores que jamás permiten que les corrijan

El peor problema de un escritor puede ser sentirse iluminado. Además el texto requiere autonomía.

***

Ya escribió más de treinta libros, sin contar las reediciones corregidas de algunos. En el tiempo transcurrido entre estas dos entrevistas ya acabó otro, Etchepare, que se publica este 2017 con Alfaguara. Son 94 páginas «y el primer punto y aparte aparece en la última», dice riendo. Habla de un manicomio donde los perros se comen a los locos y jura que ese detalle es verdad. Relata también la historia de dos hermanos que nacen ciegos «y cuando se empiezan a acostumbrar a su vida de ciegos, como dios es bien bueno, los deja sordos».

También avanzó en una nueva versión de ‘Bola Negra’, un cuento no convencional sobre la violenta Ciudad Juárez. Ya había hecho dos películas y una ópera junto a Marcela Rodríguez. Ahora el relato da un nuevo giro, pasa a libro-cómic con el dibujante argentino Liniers. «Me está sacando dibujos raros esta bola», confiesa Liniers en la correspondencia entre ambos, una serie de cartas que no son textos sino viñetas. Sorprende el manuscrito —que aún no es definitivo— porque al entrar al mundo Bellatin, Liniers se desprende por completo de su estilo naíf: en lugar de conejos y niñas traza seres desdentados, hombres sin brazos ni piernas, ya no hay líneas austeras, sino imágenes detalladas, realistas.

Mario Bellatin también planea publicar un tercer libro en 2017. Dice que podría llamarse Libro de orígenes porque como siempre incluye detalles autobiográficos «pero está lleno de máscaras. No creas que es mi historia. Ya intenté hacer tres autobiografías: en una soy un niño que está en la India y su mamá le enseña en baños públicos ¡pero Mario nunca vivió en la India! En otra soy una niña y una vieja y un tipo. Eso no puede ser cierto. Yo siempre voy buscando antecedentes falsos… y verdaderos».

La historia incluye abuelos fascistas, otros esclavistas. «Saco algunos secretos familiares, la foto de Mussolini en mi casa mirándonos».

¿Y cómo saliste tú así?

¡Por dar la contra!

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2. Enfermedad de prótesis
Hipnotiza la imagen de Mario, hombre de cabeza rapada y mirada recia que usa vestido largo y lleva un gancho metálico por brazo. Los fotógrafos casi siempre lo retratan en blanco y negro, con la prótesis a la vista. Lejos de ocultar, él exhibe la falta de una extremidad.

Cuando nací, en los años sesenta de posguerra, las prótesis eran un elemento fundamental y nadie se daba mucha cuenta de que a mí me faltaba un brazo… en realidad a mí no me falta, a ti te sobra uno.

Desde los 3 años me pusieron una prótesis a la fuerza. Una vez se perdió en una fiesta infantil y fue un desastre, pero en esa época había que esconder, disimular. Tuve una familia de mierda y crecí en la sociedad limeña que también me obligaba a usar prótesis. Se creó en mí una dependencia psicológica: no podía salir a la calle sin prótesis.

Después me compré una electrónica que costaba como veinte mil dólares y yo era como Robocop. Era una mierda, parece que la prótesis solo respondía a mis instintos suicidas porque esta mano (derecha, con prótesis) odia a esta otra mano (izquierda, sin prótesis) y empezó a destrozarla, le quebró un dedo. Además me compré un auto deportivo y casi me mato.

No podía escapar de la prótesis, no podía ir ni al kiosco sin ponérmela. En Cuba quise tirarla al mar pero no lo hice. En la India dije «a la mierda» y la tiré al Ganges para que se fuera con los muertos. Entonces llegó Margo Glantz (escritora y amiga, quien a veces parece madre y por otros siamesa). Me vio y me dijo: «¿Y tú qué? ¿Viniste a pedir limosna?».

Sin prótesis tuve un retroceso sutil en lo psicológico: la falta hacía ver la falta. Entonces empecé a pensar en la relación entre arte y ortopedia, en cómo los perfectos son iguales en cambio cada defectuoso tiene su propio defecto que no se repite. Encontré la plusvalía de lo único y les pedí a mis amigos artistas que me hicieran piezas: usándolas logré cambiar el punto de vista y ahora casi no las uso, no las voy a usar más. Ya me curé supuestamente de las prótesis.

De un cajón saca los cuatro brazos ortopédicos que le quedan, con los cuales posa en fotografías. Hay un torso de muñeca Barbie que mueve los brazos, lo hizo Gabriela León. Dos ganchos, uno dorado y otro plateado, obras de Aldo Chaparro, que le encantan «porque parecen para colgar macetas». También un pene plateado que le regaló el argentino Carlos Regazzone y lo entusiasma: «¡Con esta logré asustar a Marilyn Manson! Hacía falta porque él nos asustó por veinte años».

Junto a la exhibición de prótesis-esculturas está el Corán, en una imagen tan provocadora como Mario. No es adorno: practica el sufismo, doctrina heterodoxa del islamismo.

¿Cuándo y por qué decidiste ser sufí?

Tenía yo como 30 años y estaba dudando, sentía que los libros no funcionaban, que no hacía algo bien. De pronto una amiga me invitó a un lugar que resultó ser una mezquita. Cuando entré, era un mundo paralelo: no sabes si estás en México o en otro país, en este o en otro tiempo. Primero me pareció de broma, después me gustó mucho ese mundo paralelo, eso de dar giros y atrapar al instante. Lo tomé como escuela de escritura: no es religión, es mística.

El Corán está abierto, ¿lo lees?

¡Sí! Escucha esto: «No hay nada que reprochar al ciego, ni al cojo ni al enfermo». Está bonito [lee fragmentos con emoción]. Me gusta por la estética y lo sagrado de la palabra escrita que ha pasado a través de los siglos. No es algo de fe, yo no creo que dios exista ni me importa. No sé por qué me gusta, creo que por joder.

***

Durante una conferencia internacional habló a detalle sobre la obra del autor japonés Shiki Nagaoka y la influencia que ha tenido en su escritura. Pero no existe esa persona.

Una vez lo invitaron a Harvard y rechazó con la respuesta «el texto tiene que funcionar por sí mismo, no yo hablando de él». Otra vez le encargaron organizar un congreso de literatura en París y aceptó. Armó un gran cartel con autores consagrados, pero en su lugar llevó a dobles. El auditorio esperaba por Salvador Elizondo, Margo Glantz y otros, cuando llegaron jóvenes entrenados por los escritores para decir lo que ellos dirían.

Su diversión se transforma en ríos de tinta: críticos y expertos estudian cada paso que da. Se le considera vanguardia de las letras hispanas, un autor de culto con seguidores en muchos países. Ya en 2009 The New York Times lo describía como «una de la principales voces de ficción experimental en español».

En el año 2000 recibió el premio Xavier Villaurrutia y en 2008 el Mazatlán. Desde argentina, la académica Graciela Goldchluk organiza sus archivos, es bellatinóloga.

Salón de Belleza, su crónica de un moridero, ha sido incluido entre los cien mejores libros de lengua castellana de los últimos años, en una selección hecha por expertos. Es su novela más famosa y en torno de ella se desató una guerra: en 2015 Mario Bellatin demandó a Planeta-Tusquets, una de las transnacionales literarias más poderosas del mundo. Lo hizo porque no le pagaban regalías ni le permitían utilizar el texto que entonces ya tenía cinco reimpresiones. Habían firmado contrato en 1999 y pese a su desacuerdo, la empresa renovó en automático por otros quince años.

«Fue un acto totalmente arbitrario y abusivo», explica y se enoja. «No me importaba el libro, sino mi futuro. Es un problema monetariamente estúpido, de treinta mil pesos o algo así ($ 1.500 dólares), pero es una afrenta simbólica para mi escritura y no puedo aceptarlo. No hubiera podido seguir escribiendo si hubiera aceptado ese atropello».

Bellatin ganó la batalla y se convirtió en el primer autor a quien devuelven sus derechos. El triunfo fue noticia internacional, ocupó varias páginas en la revista The New Yorker, y después recibió una llamada inesperada: Andrew Wylie, el agente literario más poderoso del mundo, también conocido como el ‘chacal’, le ofreció entrar a su catálogo donde lleva el destino de 200 escritores como Jorge Luis Borges, Salman Rushdie, Roberto Bolaño y Milan Kundera, entre otros. No solo los representa, Wylie es un rebelde que desafía a la industria editorial y ha comenzado a distribuir a los escritores sin intermediarios, los impulsa a vender por internet.

Atónito, Mario no supo qué responder. Lo empujó su hijo Tadeo, «sí papá, dedícate a escribir».

¿Qué representa para ti el fichaje en la lista de Wylie, entre los más famosos escritores del mundo?

Me llevaron a Chelsea a hacerme una foto para su catálogo. La fotógrafa, que es muy famosa ahora, me dijo «nunca he tomado a nadie que no sea famoso o Premio Nobel»; yo dije «¡nooooo!» —actúa con cara de pánico—. Es horrible porque es como decirme: «Ya quédese callado y dedíquese a escribir», cuando no estoy tan seguro de querer solamente escribir.

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3. Enfermedad de perros
A donde vaya, Mario lleva un morral con un pequeño perro dentro. Es Bataclán, un ser eléctrico y diminuto, cruza de las dos razas mexicanas: el can prehispánico sin pelo, xoloitzcuintle, y el chihuahueño, que generalmente se asocia con señoras ricachonas.

Menos portátil pero también inseparable es Pérez, un border collie viejito que descansa plácido sin perder de vista cada movimiento de su amo-padre.

Bataclán y Pérez son los elegidos para compartir la vida ahora que su familia perruna se achicó, porque antes también tenía a siete galgos dentro del departamento mediano en donde viven, en un edificio antiguo y hermoso en la colonia Juárez, Ciudad de México. La situación era insostenible pero se prolongaba hasta que un día su mucama puso un ultimátum: así se curó de la enfermedad de los perros. Después visitó a una bruja «y me prohibió tener un perro más».

¿Por qué te gustan los perros?

No sé si me gustan. No he llegado al punto, como con la escritura; eran como esos sublugares que están antes de justo. Puede tener que ver con la prohibición infantil de tener a un perro.

¿No tuviste cuando niño?

No me dejaban o me dejaban a medias que era peor. Una vez el perro apareció, lo tuve dos días y lo terminaron tirando a la calle, era una cosa espantosa. También me pasó con la escritura, por eso los asocio.

***

Bataclán sube y baja de su falda. Juega, lo lame, lo interrumpe. A veces lo muerde y no acata órdenes. «¡Qué es eso! ¡Anda a tu patio!», reclama Mario cuando el perro mea a medio comedor. Sin arrepentirse, sigue moviendo la cola. Le pregunto por su nombre, igual al del teatro donde una bomba mató a 137 personas en París, algunos meses atrás. «¡Exacto! Por eso se lo puse: para no olvidar».

Muchos nos preguntamos qué tan ficticios son los mundos sórdidos y oscuros que aparecen en sus libros. Si transita él los laberintos mentales por donde nos guía, si vive en una realidad diferente a nosotros los comunes. «Tú estás loco y eres raro», le digo. Responde enseguida: «¡No! ¡Yo soy Cristina Pacheco!», una periodista muy querida, de voz dulce, que rescata historias de personas no-famosas.

Igual que su perro, Mario interrumpe la entrevista a cada momento con frases como «Perú es horrible. Por el servilismo, el racismo, eso de decir “indio de mierda” y que esté bien». Si hablamos de Argentina, apunta sobre las últimas noticias: «¿Viste lo de Lopérfido? —funcionario que puso en duda que sean treinta mil los desaparecidos durante la última dictadura militar— ¡qué horror! ¡También, con ese apellido! ¿Cómo puede llamarse Lopérfido?». Al tocar el tema Ayotzinapa se pone serio y dice que le gustaría visitar alguna vez esa escuela rural que tiene a 43 estudiantes desaparecidos.

En una entrevista dijiste que eres un intelectual comprometido.

¿Eso dije?

Sí. ¿Te consideras un intelectual?

No.

¿Qué eres?

Alguien que escribe. No sé si hago literatura, lo que puedo demostrar es lo físico, por eso soy sufí y musulmán. Soy un escritor y te lo demuestro con una balanza: puedes pesar mis libros, todo lo demás es subjetivo. Lo que sí puedo haber dicho es que en pataletas de ahogado, en la decadencia de la literatura y de la industria editorial, muchos hablan de la cosa binaria de intelectual comprometido y no, pero es mentira. Parten de una falacia, de que hay escritores que no están comprometidos, cuando no hay eso.

Algunos te consideran autor inclasificable y otros te piensan raro aunque no te lo digan con esa palabra, ¿qué te parece?

Yo prefiero ser inclasificable porque la etiqueta es la muerte, es estática.

¿Qué te hace feliz?

Nada.

¡Mentira! ¿Cómo no va a gustarte nada si te la pasas riéndote?

Pues sí, soy feliz.

Liga a la nota: http://www.cartonpiedra.com.ec/noticias/edicion-n-275/1/mario-bellatin-perruno-y-enfermo-de-varios-males

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Comentarios

Un comentario en “Mario Bellatin, perruno y enfermo de varios males

  1. Padrísima entrevista querida Paula!!’

    Enviado desde mi iPhone

    Publicado por funesta1951@gmail.com | 11 febrero, 2017, 6:48 pm

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