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Reportajes y seriados, Textos

Instantáneas de Cuba: entre vientos de cambio

Por la isla caminan cada vez más turistas estadounidenses. Los jóvenes se aglutinan en plazas públicas para conectarse a la red desde sus celulares. La gente aún llora a Fidel pero se apresta a un futuro sin miedos.

Por: Paula Mónaco Felipe

15 Ene 2017

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Cienfuegos.—Yoslan ha recorrido Cuba de punta a punta, unos mil kilómetros, sin detenerse en gasolineras. “No traigo el carnet que da el gobierno, lo dejé para un trámite”, se excusa mientras compra galones de combustible en reventa en lugares ocultos. Aunque paga un precio más alto que el oficial, de un dólar por litro de gasolina y medio por diésel, así evita que las autoridades conozcan detalles de su actividad como taxista: a fin de año pagará menos impuestos.

Alexei, compañero y pariente suyo, va de un lado a otro en su Peugeot de los años 90. Hay clientes, los turistas internacionales se han multiplicado en los últimos meses y prefieren moverse en auto particular antes que usar los autobuses de la única línea autorizada, camiones modernos y con aire acondicionado. “Tengo dos autos”, presume, y enseguida se queja: “Aquí los coches son carísimos, cuestan como 200 000 dólares y solo te los vende el gobierno”.

En realidad, desde el año 2014 cualquier cubano puede comprar vehículo sin autorización gubernamental, pero el problema está en los precios.

Peugeot, por ejemplo, tiene agencias oficiales donde ofrece automóviles nuevos. Un auto compacto nuevo puede costar cerca de 100 000 dólares, mientras uno mediano o de lujo llegar a los 200 000. Usados son más baratos, pero muy por encima del costo en otros países de la región: un Peugeot 207 de 2012 puede costar cerca de 45 000 dólares cuando en México se vende en 5000.

Los viejos Cadillac y Chevrolet de los años 50, las “máquinas” como aquí les llaman, son más que un detalle folklórico: la opción accesible para andar motorizados. Chimeneas móviles que sueltan humo negruzco, carrocerías que sobreviven al paso del tiempo y un sinfín de arreglos caseros porque no hay repuestos para reemplazar lo que se rompe. Hilos, alambres, tubos adaptados para que todo funcione: muestras de cuánto puede resolver el ingenio.

Ciego de Ávila: Las referencias a la salud y educación gratuitas aparecen en cada entrevista, en cada plática: hasta los menos politizados destacan con orgullo ese aspecto de su país actual. Foto: Ajolote Producciones.

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La Habana.— Apenas amanece cuando el mercado Tulipán abre sus puertas. De camino al trabajo algunos, antes de sus tareas domésticas otros, los vecinos llegan a surtirse de productos en este tianguis de barrio.

El piso es de tierra recién regada, impecable y sin basura. Los puestos, construcciones tipo palapa con paredes que sirven de mesada de exhibición, los techos de lámina o tejas.

Viejas balanzas de metal pesan montones de naranjas. Hay sandías, ají y mucha col; yuca, papaya, plátano, montañas de coco. Puestos que venden galletas saladas, grandes latas de tomate, varios tipos de vinagre, maní y frijol por kilo. Un señor ofrece aliños en grano: cúrcuma, pasta de ajo, achiote y otras especias que perfuman todo el pasillo. Una fila se arma frente al puesto de panes, cerca está el de carnes.

Las cafeterías ofertan vaso de jugo natural a dos pesos moneda nacional (diez centavos de dólar) y batidos, a tres. Un sándwich con queso y mucho jamón cuesta nueve pesos, menos de 50 centavos de dólar.

Hay bastante movimiento, los habaneros comparan precios y compran en los puestos de su preferencia. Mercados como este complementan la oferta menos variada que tienen las tiendas del Estado, donde se consiguen productos básicos como leche, aceite y harina por dos pesos el kilo (diez centavos de dólar). El costo de la canasta para una familia no es elevado, pero tampoco lo son los sueldos, de entre 30 y 50 dólares mensuales para quienes trabajan en dependencias de gobierno.

Aparte, cada mes las autoridades dan una ayuda de alimentos a cada familia cubana. “Pero alcanza para lo mínimo, lo que da el gobierno apenas resuelve un poquito”, dice Ester, ama de casa y madre de dos jóvenes. Le comento mi sorpresa al ver que existe una oferta más o menos surtida cuando en el exterior se habla de escasez; responde que hay de todo, “pero si ganas el sueldo de un médico especialista, de 50 dólares, no puedes comprar tan fácil el detergente, jabón, aceite: los artículos de primera necesidad son caros y eso golpea mucho”, concluye apenada, y un instante más tarde completa: “Aquí no hay grandes diferencias entre la gente. Si tienes un negocio puedes tener una mejor vida y comprar más cosas, pero no hacerte rico. Aquí no hay ricos”.


Todo propietario tiene ahora la posibilidad de subarrendar cuartos a turistas. Las casas que ofrecen el servicio se identifican con un cartel en la fachada. Foto: Ajolote Producciones.

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La Habana.— Los edificios muestran que hubo tiempos de esplendor. Son moles de cemento con gárgolas, balcones y herrería sofisticada; arcos, ventanales, cenefas de yeso. Sus paredes descascaradas con aberturas rotas, el sello de una evidente decadencia que resulta en imán de turistas: La Habana bohemia, un lugar que parece detenido en el tiempo. En la mayoría de los casos, los habitantes son dueños de los departamentos que ocupan. Lejos del centro como también en provincias hay edificios más modernos y otros en construcción: los hace el Estado para entregar propiedades a quienes trabajan en dependencias públicas, sobre todo médicos que salen a otros países en las llamadas misiones. Techo asegurado, el beneficio para equilibrar un magro sueldo.

Todo propietario tiene ahora la posibilidad de subarrendar cuartos a turistas. Las casas que ofrecen el servicio se identifican con un cartel en la fachada, en color azul si les autorizaron turismo internacional, y en rojo para el local.

“Rentar habitaciones no es complicado y está bien el impuesto. Por cuarto, cada mes se paga una cuota fija de entre 35 y 70 CUC (iguales a dólares), más un diez por ciento de ganancias. Una vez al año se hace declaración y puedes justificar hasta un 30 por ciento de gastos”, explica Mary, quien renta dos cuartos en el barrio Vedado, algo así como la Condesa de La Habana. “Si quieres, al impuesto lo juntas en un solo día”.

Nació y creció en Trinidad, zona turística del centro del país. En 2014 vendió su casa y con 110 000 dólares compró un piso con cuatro habitaciones en el cotizado barrio de la capital, a unos metros del hotel Habana Libre.

Su casa está casi siempre completa de huéspedes, cada vez más estadounidenses, porque en 2016 se restablecieron los vuelos Estados Unidos-Cuba, suspendidos por décadas. En agosto aterrizaron los primeros yankis, como les dicen aquí, en los aeropuertos de Camagüey, Cienfuegos, Holguín, Santa Clara y Varadero.

El 28 de noviembre, cuando empezaban los funerales de Fidel Castro, un avión de American Airlines llegó a La Habana desde Miami. Horas más tarde ya operaban otras cinco compañías estadounidenses y, al terminar el año, habrá 20 vuelos diarios a la capital.

Mary está completamente de acuerdo con las reformas que impulsa el gobierno cubano para oxigenar su modelo de perfil soviético. Sobre todo, le gusta la nueva estrategia de diálogo con Estados Unidos, antes acérrimo adversario: “Ha sido muy bueno. La entrada de vuelos es una mejora porque muchos vivimos del turismo y también muchos tienen familia allá”.

Desmiente que los cubanos no viajaran antes. “Conozco muchas personas que viajan y regresan —cuenta—. Los que tienen ciudadanía española siempre han salido a comprar cosas que aquí revenden (permiten hasta 120 kilos de equipaje al año), y ahora cualquiera puede ir a Estados Unidos si regresa antes de dos años. La gente está más tranquila con eso”. Respira hondo y apunta: “Yo sí quisiera viajar, conocer otros mundos, pero no quisiera irme de acá nunca. Nunca”.

Una biblia es lo primero que se observa al entrar en la casa de Mary. Hay imágenes religiosas, en yeso y en cuadros, pero ninguna foto de Fidel Castro ni alusión alguna al régimen que gobierna a Cuba desde 1959. No es militante, tampoco opositora, y aclara: “En los primeros años de la Revolución las personas se fueron del país por diferencias políticas. Ahora se van por economía, buscan un salario que alcance para más. A quienes llaman presos políticos son en realidad los que se fueron sin permiso y los cacharon. Están presos por salir sin papeles, no por otra cosa”.

—¿Está de acuerdo con los cambios de los últimos años?

—Antes era más limitado rentar y poner negocios particulares. Pasamos años difíciles, estos cambios de ahora los vemos bien. La cuestión no es “Fidel sí, Fidel no”, sino ir cambiando.

—¿Y cree que el rumbo va bien?

—Sí, ¡sí!

Camagüey: En las plazas se amontonan los muchachos para usar el internet: jóvenes reunidos y cuellos doblados mirando teléfonos son señal inequívoca de que en ese preciso lugar funciona la red. Foto: Ajolote Producciones.

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Camagüey.— Unas diez carretas esperan junto a la ruta. Algunas tienen techo, otras bancas a la intemperie. Avanzan a fuerza de caballos y son el principal medio de transporte en la Cuba rural, además de las bicicletas. La imagen regresa hasta casi un siglo atrás.

Las casas son modestas pero todas de ladrillo, con techos de cemento, teja o lámina. Se ven impecables, pintadas en colores alegres que combinan con detalles cuidados: una reja, una guarda o macetas sobre el techo que resguarda la puerta de entrada.

Niños camagüeyaños juegan al beisbol, vuelan papalotes, hacen equilibrio sobre las vías del tren. Comen arroz con frijoles —moros y cristianos—, boniato, que es un tubérculo dulce, y, al igual que en toda Cuba, mucha carne de cerdo.

En la capital de esta provincia, la tercera ciudad más importante del país, se vive una realidad diferente. Turistas de diversas nacionalidades pagan en promedio 150 dólares por cuarto y caminan en remozados andadores de un centro histórico que es Patrimonio Cultural de la Humanidad. Allí se alternan antiguas panaderías con tiendas de las ropas deportivas más famosas del mundo.

En las plazas se amontonan los muchachos para usar el internet: jóvenes reunidos y cuellos doblados mirando teléfonos son señal inequívoca de que en ese preciso lugar funciona la red. La señal no está por todas partes, sólo cerca de hoteles y algunos edificios públicos, aunque se espera que mejore gracias a un convenio firmado en estos días con Google. El servicio depende de la estatal ETECSA, para usarlo hay que comprar una tarjeta con tarifa de dos dólares por hora, fraccionable de acuerdo al uso.

En La Habana, los edificios muestran que hubo tiempos de esplendor. Son moles de cemento con gárgolas, balcones y herrería sofisticada; arcos, ventanales, cenefas de yeso. Foto: Ajolote Producciones.

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Ciego de Ávila.— “¡Mira a ese! —un hombre señala hacia un auto estacionado cerca durante un atorón de tránsito a media carretera. “¡Puso la foto de Fidel, ahora resulta que es oficialista!”. Es la única mención crítica que escucho durante una semana y me sorprende: mientras en el exterior se habla de “Castro, el dictador”, aquí hasta sus detractores le llaman Fidel a secas. “Nuestro presidente”, “el comandante”, lo nombran sus más fieles seguidores, pero en general se impone el nombre de pila.

A sus funerales asisten quienes lo adoran, como Santiago Céspedes Salcedo, de 53 años: “Dicen los cristianos que Dios es inmortal, para mí el inmortal es Fidel”. Édgar Sánchez, ingeniero químico, habla con emoción: “Para mí es más que un dios porque me ha dado todo lo que soy. Yo era hidrocefálico y me operaron dos veces, es algo que en ningún (otro) país se hace gratis. Le debo mucho”.

Las referencias a la salud y educación gratuitas aparecen en cada entrevista, en cada plática: hasta los menos politizados destacan con orgullo ese aspecto de su país actual, como también la presencia solidaria de médicos cubanos en cuanto desastre natural o emergencia sanitaria se registre en el mundo (misiones para controlar el ébola, millones de operaciones gratuitas de cataratas y atención a sectores más pobres de Sudamérica).

Minerva Estrada, dueña de una cafetería en la calle más turística de La Habana, compara su realidad con la de otros países de Latinoamérica: “En Cuba se vive bien. Aquí no hay muertos, no hay asaltos. Que la economía esté un poco jodida, bueno, pero nosotros vivimos muy libres. Usted sale a la calle a la hora que le dé la gana y no la matan. No te asaltan, no te matan a un hijo, no te lo desaparecen”. Los datos ratifican: mientras Honduras registra 103 asesinatos por cada 100 000 habitantes, Cuba es el más seguro de la región junto a Chile con promedio de cinco crímenes violentos, según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (2014).

Caminan tranquilos los jóvenes cubanos y se les ve por las calles avanzada la noche. Conscientes o no, en sus hombros cargan la responsabilidad del futuro: el rumbo del país dependerá de quienes hoy tienen entre diez y veinte años, aquellos que prácticamente no conocieron a Fidel Castro porque se retiró de la escena pública en 2006.

En los días de sus funerales se aferran a su figura y le juran lealtad. Se pintan su nombre en el rostro y adaptan la letra de Guantanamera para decir “hasta siempre, comandante Fidel Castro”. Los mayores confían en ellos, seguros de que las ideas políticas sobreviven al paso del tiempo. “Ya se están poniendo viejos los que lucharon con Fidel, pero tenemos a jóvenes que van a ser sostén de la Revolución. Con o sin Fidel, Cuba va a seguir siendo igual”, dice Yanquiel Cardoso, de 26 años, mientras las gemelas María Rosa y Margarita Giralt, de 40, apuntan que “en el momento oportuno habrá jóvenes, como los hubo siempre. Ya es muy difícil tirar para atrás, ahora hay que mejorar y encaminarnos”.

Hay quienes confían en la solidez del régimen cubano, y otros minimizan el discurso de Trump: “Mucho ruido y pocas nueces”. Foto: Ajolote Producciones.

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Santiago de Cuba.— El 17 de diciembre de 2014, Barack Obama y Raúl Castro reiniciaron el diálogo entre Estados Unidos y Cuba después de seis décadas de hielo puro que incluyeron una crisis de misiles, rounds diplomáticos, bloqueo comercial y acusaciones de un lado a otro.

Seis meses más tarde, el 20 de julio del 2015, los países restablecieron relaciones, con lo cual se ha ido abriendo una puerta por la cual pasan muchas cosas. Vuelos, envío de divisas, menos restricciones comerciales son algunas de las novedades. Aunque aún persiste en gran parte el bloqueo económico estadounidense, en poco más de un año la isla ha vivido más cambios que en décadas enteras.

Sin embargo, cuando la nueva estrategia tomaba velocidad ocurrieron dos imprevistos: murió Fidel Castro, la Revolución se quedó sin líder; y Estados Unidos eligió por presidente al ultraconservador Donald Trump. Brotan ahora las preguntas sobre el futuro próximo, del 2017 en adelante. “Si Cuba no quiere hacer un acuerdo mejor para el pueblo cubano, el pueblo cubano-estadounidense y Estados Unidos pondrán fin al acuerdo”, anunció Trump en su cuenta de Twitter cuando empezaban los funerales de Castro. Poco claro el mensaje, solo se entiende el tono de amenaza que aumenta la inquietud.

Raúl Castro no ha respondido y en las calles los ciudadanos se ven tranquilos, menos preocupados que millones de mexicanos. Hay quienes confían en la solidez del régimen cubano, otros minimizan el discurso de Trump, “mucho ruido y pocas nueces”. Carlos, dueño de un puesto de jugos en la ciudad de Santiago, sacude una mano en gesto de desinterés: “¡Ya pasaron 11 presidentes por Estados Unidos y nuestra Revolución sigue igual, imagínate! A Trump no le tenemos miedo”.

El 6 de diciembre pasado, un día después de la sepultura de Fidel Castro, se reabrió la otra gran puerta cerrada para Cuba: Europa. La Unión Europea revocó el bloqueo que regía desde 1996 y dispuso un convenio de diálogo político y cooperación con ese país que era el único de Latinoamérica con quien no tenía vínculo. Tal vez sea aquel bloque el nuevo refugio durante la era Trump.

Liga a la nota: https://paulamonacofelipe.wordpress.com/wp-admin/post-new.php

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