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Textos

Pa’ lo que sea, Fidel

Nuestras Voces, Argentina

Por PAULA MÓNACO FELIPE | 9 de diciembre de 2016

Durante nueve días millones de cubanos despidieron a Fidel Castro. En una caravana que trasladó sus restos desde La Habana a Santiago de Cuba los jóvenes fueron los protagonistas. La periodista Paula Mónaco Felipe recorre la isla, habla con ellos, los observa y se pregunta: ¿Seguirán los más jóvenes el camino de los últimos 58 años o darán un golpe de timón?

Fotos: Ajolote producciones

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“¡Por allá! ¡Por allá!”, dice alguien y empieza la corredera. Cientos de personas se mueven de una cuadra a la otra cuando les avisan que la caravana con los restos de Fidel pasará más allá del lugar en donde estaban. Unos pocos segundos tardan en rehacer la disciplinada hilera que marca el camino para el paso del convoy. En el parque central de Bayamo, nadie traspasa el límite imaginario que marca el cordón de la vereda y cada quien encuentra su lugar en un movimiento sin reclamos ni empujones. No hay valla. Tampoco cacheos ni revisión de bolsos. Policías y militares de las Fuerzas Armadas Revolucionarias se distribuyen espaciados, hay más de tres metros entre cada uno de ellos.

Temprano llegaron grupos guiados por los delegados del Partido Comunista, que en Cuba es más poderoso que el Estado mismo. Les tomaron lista y a cada quien señalaron dónde le tocaba pararse. Después fueron llegando la mayoría de los presentes, que son familias. “Hoy es mi cumpleaños y prefiero pasar el día acá”, dice Lisette, una mujer acompañada por sus dos hijos: Lisbette, de diez años, y Wilfredo, de seis.

– Estoy sorprendida por la despedida masiva y afectuosa aquí en los pueblos del oriente, digo.

– Es que aquí queremos mucho a Fidel, explica.

– ¿Aquí en Bayamo?

–No, en toda Cuba.

Wilfredo va de un lado al otro y destruye varias cosas a su paso. La madre se enoja y levanta la voz: “¿Quieres ver a Fidel? ¡Entonces quédate quieto o te regresas a la casa!”. Las conversaciones fluyen durante la espera que se hace larga, desde la tarde hasta la noche (al final serán más de cinco horas previo a que pase la urna).

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A mi lado está Marlene, treintañera y mamá de una niña de ocho años. “¿Ve esa estatua? Es Carlos Manuel Céspedes; él abolió la esclavitud”, explica frente al bronce de cuerpo entero que rinde honor al abogado hijo de una familia acomodada. Céspedes en 1868 encabezó la lucha independentista, se levantó en armas en contra de la corona española y concedió la libertad a sus esclavos.“Esa es su casa. Ahí nació y creció”: Marlene señala un edificio y continúa con cada uno de los que rodean la plaza colonial en la capital de la provincia de Granma, a unos 80 kilómetros de Santiago de Cuba.

“Ese es un hotel; el que sigue es el correo que usamos para mandar postales y giros. Ahora tienen sistema electrónico, entonces tú depositas aquí y de inmediato cobran en otra ciudad. También acostumbramos mandar postales en el día de la madre: las escribimos desde antes y ese día los carteros trabajan hasta que cada mamá reciba su felicitación”, detalla Marlene. Junto está el cine donde la entrada cuesta un peso –diez centavos de dólar– y el Palacio de los Pioneros, que recibe a niños desde los 9 años para que conozcan oficios y vayan definiendo su vocación. Luego una cafetería privada, una sala de video en 3D con boleto a cinco pesos y la sede local de la heladería más tradicional de Cuba, Coppelia. El Círculo Infantil, que ofrece escolarización preescolar gratuita a hijos de madres trabajadoras; un par de restaurantes y la sede del gobierno municipal. Más adelante, el Joven Club de Computación y Electrónica, donde hay acceso a intranet, información nacional y cursos de informática gratuitos. El perímetro se cierra con la Sala de juego para niños, que tiene libros y juguetes didácticos. Pregunto si puede entrar cualquier persona; sorprendida responde: “¡Claaaaro, aquí nada es privado!”. Antes de la Revolución, muchos de estos edificios eran clubes sociales con acceso restringido, un mundo impenetrable para pobres y negros.

El perímetro se cierra con la Sala de juego para niños, que tiene libros y juguetes didácticos. Pregunto si puede entrar cualquier persona; sorprendida responde: “¡Claaaaro, aquí nada es privado!”.

Marlene se ocupa de su hija y también de su hermano menor, un hombre adulto con discapacidad intelectual. La madre de ambos es médica y está fuera del país por varios años. El gobierno cubano la envió a Venezuela para cumplir con una de las llamadas misiones.

***

En La Habana muchos adolescentes usan zapatillas llamativas. Con cámara de aire unos, estilo retro otros, la misma moda que en los países capitalistas. Un calzado que cuesta como mínimo 50 dólares (el salario mensual promedio de quienes trabajan en dependencias del Estado es de entre 30 y 50 dólares); un detalle que permite distinguir quién recibe dinero desde el exterior o tiene una familia que trabaja con turismo internacional.

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La flexibilización gradual de la economía que impulsa el gobierno de Raúl Castro abrió la compuerta de las divisas. Llegan cada vez más en transferencias internacionales, viajes ahora permitidos y vuelos de turistas estadounidenses que ya aterrizan en La Habana y varias ciudades del país. Los pequeños negocios –“cuentapropistas”– se multiplicaron respecto de años anteriores y por todas partes hay casas donde rentan cuartos a turistas. La economía se ve renovada al igual las fachadas de viejos edificios, muchos en remodelación. Pero el nuevo aire también arrastra preguntas: ¿Cuánto quedará de la Cuba igualitaria en este nuevo escenario? ¿Cómo afecta a la economía interna, de por sí dividida por dos monedas y dos mundos de precios? ¿Qué pasará si el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, interrumpe la restauración de las relaciones diplomáticas?

La economía se ve renovada al igual las fachadas de viejos edificios, muchos en remodelación. Pero el nuevo aire también arrastra preguntas: ¿Cuánto quedará de la Cuba igualitaria en este nuevo escenario?

Las juventudes habaneras también llevan lentes de sol: desde los clásicos modelos de Ray Ban a gafas espejadas y estrafalarias. Ellas usan pañuelos en la cabeza al estilo rockabilly, mini-micro-shorts, ropas ajustadas y mucho dorado encima. Ellos peinado afro, dibujos en la cabeza rapada y las cejas depiladas. Cae mi prejuicio: los más jóvenes de esta Revolución ya no visten remeras del Che Guevara, están más cerca de la bachata y del reggaetón que de la trova. Son ellos quienes marcarán el rumbo de este país; ¿seguirán el camino de los últimos 58 años o darán un golpe de timón? ¿Sobreviven las ideas, muertos ya los principales líderes?

Los adultos se muestran segurísimos de que no habrá paso atrás, de que los cimientos del modelo son sólidos. “No se va a caer”, dice Adela, de 47 años y Santiago Céspedes, de 53, completa: “Esto resiste 50 y hasta 100 años más”. Yeniel, de 38, remarca que “la mayoría de nosotros nació con la Revolución y las ideas de Fidel siempre van a estar presentes, como las de José Martí”.

Es cierto lo primero. El 70 por ciento de los 11 millones de cubanos nacieron después de 1959, pero la mayor incógnita está en quienes hoy tienen entre 10 y 20 años. Blas Rubán Cutiño, de 70, admite: “Hay que trabajar fuerte con la juventud. No vamos a decir que son todos los jóvenes pero sí hay una gran cantidad que para mi no han entendido bien el proceso revolucionario”.

Millones de cubanos despiden a Fidel Castro durante nueve días. En la Plaza de la Revolución, rodeados por gigantescos rostros del Che y Camilo Cienfuegos, los más jóvenes se acomodan hasta adelante, son protagonistas. Algunos prestan atención a los discursos políticos; otros se distraen en coqueteo y selfies. Hay quienes llevan retratos del Comandante; otros se pintan su nombre en el rostro. Todos saben las consignas y gritan fuerte el “¡Yo soy Fidel! ¡Yo soy Fidel!”. Pero la que más disfrutan, parece, es una que cantada y cadenciosa: “Pa lo que sea, Fidel, pa lo que sea!”.

@monacofelipe

Liga a la nota: http://www.nuestrasvoces.com.ar/entendiendo-las-noticias/pa-lo-sea-fidel/

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