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Textos

Ayotzinapa y el muro

Hoy Día Córdoba, Córdoba, Argentina

Miércoles 18 de mayo de 2016

Paula Mónaco Felipe, especial desde México

Pasaron casi 600 días y la verdad sobre el caso Ayotzinapa sigue lejana, como escondida detrás de un muro en el cual las autoridades ponen ladrillos para ocultar cada pedacito de luz que se asoma. Certezas existen: la noche del 26 y madrugada del 27 de septiembre de 2014, en la ciudad de Iguala, estado de Guerrero, fuerzas de seguridad perpetraron varios ataques violentos que dejaron 6 muertos, decenas de heridos y 43 estudiantes desaparecidos hasta el día de hoy. Con diverso grado de responsabilidad, en el embate participaron las policías municipales de Iguala, Cocula y Huitzuco además de las policías Estatal, Federal y Federal de Caminos, Ministerial, un vehículo de Protección Civil e integrantes del Ejército Mexicano, pertenecientes al 27 Batallón de Infantería, con uniforme y vestidos de civil. Los agentes ‘del orden’ usaron su poder para amenazar, amedrentar, lanzar piedras, golpear a culatazos, amagar con ejecutar, intentar atropellar con vehículos oficiales y disparar a quemarropa, con armas largas y de grueso calibre.
Las víctimas fueron en su mayoría alumnos de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos pero también las balas se dirigieron en contra de civiles y jugadores del equipo juvenil de fútbol Avispones, quienes salían de la ciudad después de un campeonato. Los asesinados: Julio César Ramírez Nava (23 años, estudiante), Daniel Solís Gallardo (18 años, estudiante), Julio César Mondragón Fontes (22 años, estudiante), Daniel Josué García Evangelista (15 años, futbolista), Víctor Manuel Lugo Ortiz (chofer del colectivo de futbolistas) y Blanca Montiel (pasajera de un taxi que circulaba por la ciudad).
Se sabe también que todas las acciones de los estudiantes fueron monitoreadas desde horas antes de llegar a Iguala, por medio del “C4” (Centro de Control, Comando, Cómputo y Comunicaciones), el sistema que integra a las instituciones de seguridad del país. Las autoridades mexicanas supieron de los ataques en tiempo real como también el Ejército, porque sus agentes de inteligencia presenciaron al menos dos escenarios y aún no se esclarece su actuar durante esa noche. Lo que a 20 meses no sabemos es por qué las fuerzas de seguridad atacaron por varias horas y con tanta violencia a estudiantes y civiles desarmados. El Grupo Internacional de Expertos Independientes (Giei), de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, reveló el posible móvil: sin saberlo, los normalistas tomaron un bus comercial –empresa Estrella Roja- que dentro llevaba una carga de heroína; un colectivo adaptado para llevar drogas desde Iguala hacia Chicago, Estados Unidos, como parte de una red de la cual participan autoridades. Es hasta ahora la explicación más probable, pero la Procuraduría General de la República no profundizó en esa línea de investigación.
Aunque casi se cumplen dos años de los ataques, tampoco sabemos qué pasó con los estudiantes después que policías los subieron a sus patrullas.
En noviembre de 2014, el Estado planteó su versión: dijo que los jóvenes fueron entregados a narcotraficantes del cártel Guerreros Unidos, quienes los habrían asesinado y calcinado en el basurero de la ciudad de Cocula para luego lanzar las cenizas al río San Juan. Es decir, restó responsabilidad a los agentes públicos para cargar todo el peso en narcos y prácticamente cerró el caso. “Verdad histórica” denominaron las autoridades a su hipótesis pero ese muro comenzó a derrumbarse durante los últimos meses, socavado por el trabajo de expertos extranjeros y periodistas.
Mentiras y dudas
Primero el Giei demostró que es científicamente imposible que 43 personas hayan sido incineradas en el basurero de Cocula y después el Equipo Argentino de Antropología Forense (Eaaf) concluyó que en ese lugar no hay restos de los estudiantes normalistas. Luego expertos alertaron que la versión oficial no se sustenta en pruebas físicas sino en declaraciones y el 70% de los detenidos –autoinculpados- presentaron lesiones físicas, varios de ellos evidencian de torturas. El último cimbronazo fue la difusión de un video que muestra al director de la Agencia de Investigación Criminal, Tomás Zerón, en presunta “siembra” de pruebas. Lo que el alto funcionario supuestamente acomodó no es cualquier objeto sino las únicas dos pruebas contundentes que existen sobre el destino de los estudiantes: dos restos óseos que según pruebas genéticas pertenecen al normalista Alexander Mora Venancio. Una muela y un hueso de 5 cm que ahora a nadie consta dónde fueron obtenidos.
Evidentes mentiras, los cuestionamientos ganaron terreno y el gobierno echó al Giei, que este 30 de mayo se vio forzado a dejar el país. Excluidos de la investigación los únicos actores que revelaron detalles del caso, los ladrillos se apilan otra vez y las dudas son tantas como los aspectos sin esclarecer: ¿Dónde están los 43? ¿Qué hicieron con ellos? ¿Quiénes son los responsables? ¿Hay algún dato creíble dentro de la versión oficial? ¿Hasta dónde llega la red de involucrados? ¿Una carga de heroína vale más que decenas de vidas? ¿Quién tiene ese dinero ensangrentado?
Angustiados y enfermos muchos de ellos, los familiares de los 43 no han descansado ni uno de estos 600 largos días. Caminan cada vez más solos porque el gobierno no se mueve de su postura; los medios de comunicación relegaron el tema y la sociedad voltea hacia otro lado.
Hoy todo indica que ganará el olvido pero hay algo que resiste. Tal vez se explique en la palabra “Ayotzinapa”, que en náhuatl significa “lugar de tortugas”: en el paciente andar de los quelonios va la esperanza de que, aún con demora, algún día lleguen la verdad y la justicia.
Liga a la nota:
http://www.hoydia.com.ar/magazine/14053-ayotzinapa-y-el-muro
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