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La cultura como FARO, la fotografía como salvavidas

El Telégrafo, Ecuador

Miércoles 11 de mayo de 2016, Cultura, página 26

Paula Mónaco Felipe, corresponsal en México

El aire está contaminado. Hay pocos árboles y varios millones de habitantes. Muchos carros circulan por concurridas avenidas donde las tiendas tienen rejas como muestra de la violencia que a nadie perdona: para comprar clavos, piñatas o globos, el vendedor queda de un lado de los barrales y el comprador, en el otro.

Sobre el asfalto, decenas de hombres y mujeres venden objetos usados y partes de automóviles. Cerca, hay salas de billar, bares y antros nocturnos. Algunas calles detrás la vida es familiar, con casas precarias hechas de cartón y deshechos, junto a hogares más sólidos, de cemento, y edificios con cientos de departamentos. Uno de ellos, la Unidad Habitacional Solidaridad, está enfrente de la Fábrica de Artes y Oficios de Oriente (FARO) en Iztapalapa, Ciudad de México, un espacio cultural que, hace 15 años, ha cambiado a la zona y a sus habitantes. “Desde que lo construyeron, la violencia mermó”, explica Erik Rojas Arellano, iztapalapense de 31 años. Porque “aquí los chavos aprenden oficios y dejan de delinquir”.

En el predio de Iztapalapa hay un gran taller para herrería junto a una pequeña huerta donde acelgas y jitomates lucen a punto de cosecha. Una clase de equinoterapia para personas con discapacidad se dicta en la explanada y, dentro del edificio principal, niños, jóvenes y adultos invaden los pasillos para terminar figuras de papel maché. Algunas personas reproducen imágenes en máquinas de grabado, mientras maestras jóvenes imparten un taller de arte para niños y otra docente guía a 3 adolescentes en su ensayo de rock: una muchacha toca la guitarra eléctrica y 2 varones se ocupan del bajo y la batería.

Erik dice que el FARO es “súper querido” en esta zona tan populosa como estigmatizada donde se funden Iztapalapa y Ciudad Nezahualcóyotl, municipio del colindante Estado de México, que tiene otro millón de habitantes y una realidad similar, asolada también por violencia y falta de oportunidades. El éxito del FARO de Oriente fue clave para que la política cultural se extendiera. En los últimos años, el gobierno de la capital instaló otras 3 Fábricas de Artes y Oficios en Indios Verdes, Milpa Alta y Tláhuac -que también son áreas populares- y el alcalde Miguel Ángel Mancera prometió que pronto se inaugurará otra en Aragón.

A Erik, alumno en Iztapalapa, empleado público y estudiante, le parece “fenomenal” que hayan ampliado el proyecto a otras delegaciones porque la gente de allí, dice, no tiene recursos para tomar talleres o aprender oficios de otra manera. Considera que “uno de los peores males del gobierno y de la sociedad es que no se les brinde oportunidades a todas las personas. Si acercas la cultura y modos de vida, todo resulta diferente”.

Algunos alumnos consultados por este diario señalan que existen puntos a corregir: “El trabajo que hacen los maestros es bueno pero en infraestructura se necesita más y, la verdad, sí hay corrupción”, dice uno de ellos y explica que donaciones gestionadas por su profesor de fotografía se perdieron después en oficinas burocráticas.

Fotografiar para vivir y contar

Dentro de un tubo de drenaje decorado con murales y grafitis, Jesús Villaseca, fotorreportero con amplia experiencia y trabajador del periódico La Jornada, imparte un taller. Asisten personas de diversas edades pero destacan los veinteañeros. “Algunos han sido rechazados de la educación media y superior porque no alcanzaron cupo o reprobaron algunas materias -explica Villaseca-. Además, la violencia en la zona es brutal y el tejido social está hecho pedacitos a causa de drogas y pocas oportunidades. Un alto porcentaje de los jóvenes que llegan aquí va saliendo de alguna problemática, entonces el taller se convierte en lo que el faro para un marino: punto de luz para llegar a buen puerto”.

El curso se imparte hace 12 años, los viernes y sábado, con niveles “básico” y “fotoperiodismo” para los alumnos más avanzados. Más de 200 aspirantes se inscriben cada trimestre pero el cupo alcanza solo a 100.

Erik cuenta que hizo 3 horas de fila para conseguir un lugar y antes, cuando estudió para hacer vitrales, esperó desde las seis de la mañana. En esta zona popular de la ciudad hay solo 2 universidades y mucho interés por aprender. Víctor Hernández, otro de los alumnos, dice que siempre quiso estudiar fotografía, pero en otras escuelas no podía ni pensarlo debido al costo. “Era imposible para mí cubrir los gastos”, dice.

Alumnos y maestro se acomodan en sillas viejas y un ventilador hace que el aire circule para sobrellevar la clase dentro del tubo. Al final hay un pizarrón blanco que sirve también como pantalla, un proyector y una mesa.

Jesús Villaseca les enseña los preceptos y trucos básicos de la fotografía pero también busca que discutan sobre la profesión en torno a la realidad que viven. Para ello invita a colegas y, esta vez, los acompaña Miguel Tovar, de la agencia Getty Images. “Hacer una cobertura de riesgo en nuestro país es cubrir temas de narcotráfico -les dice- pero también hay peligro en los desastres naturales y sobre todo en las protestas sociales que cubrimos todos los días en la Ciudad de México”.

Analizan situaciones en manifestaciones y desenlaces violentos porque ese será tal vez su futuro inmediato como fotógrafos. Les aconseja usar casco, medir la distancia de las bombas molotov y controlar impulsos para pensar en la integridad antes que en una buena imagen. Villaseca completa: “si te perdiste la foto no importa, primero está tu seguridad”.

Maestro e invitado relatan anécdotas que desatan risas como un silencio incómodo, ya que el trabajo periodístico se ha vuelto peligroso en este país donde cerca de 100 comunicadores han sido asesinados y más de 15 desaparecidos desde 2000, según datos de organizaciones no gubernamentales.

Miguel Tovar muestra imágenes de sus trabajos en Michoacán, con el fenómeno de autodefensas, y de Ciudad Juárez, cuando fue la urbe más violenta del mundo. Los alumnos comentan cuestiones técnicas y hacen preguntas específicas: “¿qué lente usaste en ese? ¿con cuál asa recomiendas trabajar en situaciones así?”. Cuando llegan a las imágenes que tomó horas después del terremoto que devastó Haití en 2009, reflexionan sobre los límites: ¿qué importa más, la imagen para el exterior o la dignidad de la víctima? Tovar les confiesa que después de 3 días allá decidió dejar de retratar a los heridos y regresó a México.

Luego, en diálogo con EL TELÉGRAFO, el alumno Erik Rojas Arellano dice estar feliz con el curso porque en la fotografía encuentra un espacio de desarrollo: “Siempre he tenido inquietud por los movimientos sociales, pero no había encontrado un medio para contar historias y plasmar lo que está ocurriendo en mi país. Tengo curiosidad por retratar bien a la sociedad”. Villaseca explica que sus alumnos, “después del taller se vuelven más conscientes pero además encuentran una herramienta para denunciar aquello que les incomodó o les incomoda en la vida”.

El fotógrafo y docente los capacita para que puedan desempeñarse en cualquier ámbito, desde fotografiar eventos sociales a trabajar en medios masivos. “Perdón por la arrogancia, pero de este taller han salido 60 jóvenes que ya están colocados en medios de comunicación, algunos de los más importantes del mundo”, relata con orgullo y añade que algunos colaboran en empresas nacionales y extranjeras. Por ejemplo, una imagen del alumno Jair Cabrera fue elegida entre las 100 mejores del mundo según la revista Time. El muchacho fotografió un cadáver colgado de un puente: una víctima del crimen organizado, una postal de la violencia en su barrio.

Liga a lanota: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/cultura/7/la-fabrica-de-artes-y-oficios-de-oriente-mermo-los-niveles-de-violencia-en-mexico

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Comentarios

Un comentario en “La cultura como FARO, la fotografía como salvavidas

  1. Ese es mi tio

    Publicado por Danna Monserrat Nuñez Becerril | 12 mayo, 2016, 6:45 pm

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