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Fue muy feo; no puedo borrar imágenes de sangre de ese día

Paula Mónaco Felipe
Especial para La Jornada
Periódico La Jornada
Lunes 6 de octubre de 2014, p. 7

Tixtla, Guerrero.

En la cancha de basquetbol se han suspendido los juegos. En lugar de risas y gritos, el silencio reina en la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, en el estado de Guerrero.

En el centro del campo, un altar con flores y veladoras concentra las miradas. Es una pequeña ofrenda que han puesto mientras esperan noticias de los 43 estudiantes desaparecidos desde la noche del 26 de septiembre.

Quienes aquí esperan son padres, amigos, parientes y compañeros de los muchachos normalistas. Hombres de campo con huaraches y sombrero; otros, comerciantes y empleados. Las señoras usan mandiles de cuadritos.

Cargan bolsas con algo de comida. Sin respuestas ni novedades sobre los jóvenes desaparecidos, la cancha de basquetbol se ha transformado en lugar de espera, en el espacio donde estar juntos y conjurar la angustia.

No estamos aquí porque no tengamos nada que hacer. ¡Desaparecieron a nuestros hijos!, dice un señor elevando la voz.

Nosotros venimos a apoyar a las familias. Uno de los desaparecidos es el ahijado de mi papá, explica Ericka Dirciu. Junto a su esposo, Alberto Rosas, decidieron pasar el domingo en la normal rural Manuel Isidro Burgos. “¿Por qué? Porque esta escuela es el símbolo de Tixtla. Hace un año tuvimos una contingencia, se inundó el pueblo (cuando las tormentas Ingrid y Manuel), y los únicos que ayudaron fueron ellos y la policía comunitaria. Los únicos”.

Manuel Martínez, del comité de familiares, explica que la rutina de la escuela ha cambiado porque cada vez hay más parientes y vecinos aquí. Durante los nueve días que han pasado se van rotando. En la noche llegan más y más. Ya no tenemos donde acomodar a la gente, duermen en aulas y cubículos.

¿No vio jaboncitos por aquí?, preguntan Alejandro y José, dos muchachos de segundo año. Es que los habitantes de Tixtla acercan ayuda. Son despensas, comida, ropas y objetos de higiene que van acomodándose en mesas alrededor de la cancha.

Algunos dormitan en sillas mientras otros mantienen los ojos abiertos y el rostro tenso. En el piso, manos expertas pintan mantas sumamente prolijas con caricaturas del gobernador Ángel Aguirre y del alcalde de Iguala, Jorge Luis Abarca, con la leyenda asesinos. En grandes letras rojas exigen justicia.

Horror y memoria

Fue algo muy feo. Simplemente no puedo borrar las imágenes de la sangre de mis compañeros, recuerda un chavo de 23 años, estudiante de primer año. Sobrevivió a la balacera y al secuestro masivo, pero el miedo ronda todavía. Por eso pide ocultar su nombre y dice póngale Ernesto, como el Che Guevara.

La noche del 26, relata, “yo venía en el tercer autobús y bajé para empujar la patrulla (que les impedía el paso). Llegó mi compañero Aldo (Gutiérrez Solano) y empezamos a empujarla. Entonces nos empiezan a disparar y a él le pega una bala en la cabeza. Veo un charco de sangre y grito. Cuando intentamos jalarlo rafaguearon otra vez y ya desde entonces fue descarga continua contra nosotros”.

Dice que les disparaban desde diversos puntos y por eso se tiraron al piso. Después, algunos como él lograron resguardarse entre el primer y el segundo camión. “Veo entonces que juntaban casquillos los municipales y hasta les grité, ¿qué hacen, cabrones?

“Entonces a los del tercer camión (que no habían bajado) los rafagueany los rodean. Después los encañonan y así los bajan. Los acostaron en el piso y se los fueron llevando en grupos. Sí los subieron a las patrullas”, remarca y repite como un mantra el listado de carros oficiales que han identificado.

–¿A cuántos se llevaron en ese momento?

–Eran como 30.

–¿Por qué crees que se los llevaron?

–No tengo explicación. Sinceramente no tengo respuesta. Es lo que quisiéramos saber.

Los normalistas

Ayotzinapa, cuna de la conciencia social, dice el portón de entrada a la escuela donde 540 jóvenes de bajos recursos estudian para ser maestros de primaria y educación bilingüe, en castellano y lenguas indígenas.

Adentro casi no hay paredes blancas. Están cubiertas por murales cargados de historia y política. Nos podrán faltar recursos, pero nunca nos faltará la razón, dice una.

¡Hey, Zacatecas!, ¡Tú, chilango!, ¡Acapulco! Los chavos se nombran por su lugar de origen. Desde 1936 jóvenes de todo el país han tenido en este internado su oportunidad educativa.

Se migra por necesidad económica. Vienen a estudiar aquí porque son de bajos recursos, de ciudades pobres de nuestro país, cuenta Manuel Martínez. Bien lo sabe, él llegó desde el Istmo de Tehuantepec y en 2004 egresó como maestro rural de primaria. Ahora sus dos sobrinos son alumnos y uno de ellos fue secuestrado la noche del 26 de septiembre.

Liga a la nota: http://www.jornada.unam.mx/2014/10/06/politica/007n1pol

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